Retratos de la Frontera: Nostalgia de Ponta Porã
Caminar hoy por estas calles es despertar los ecos de una ciudad que se sentía infinita entre la arena y la Línea Internacional. Recordar es volver a entrar a Primo, en la Casa Popular, buscando ese calzado nuevo, o sentir la responsabilidad de aquel primer crediario en Caravelo, Riachuelo o Centauro. Eran épocas de Ca
Para los desafíos en la cancha, el ritual empezaba en Super Queima eligiendo la pelota, mientras que para los arreglos de la casa, el destino era Casa Tokio; siempre había un clavo o una herramienta esperando. Y si de mandados se trataba, el Supermercado Catarinense era la parada obligatoria antes de pasar por Morifarma, buscando el alivio del Caladryl o la infaltable Minancora.
La elegancia y el oficio tenían nombres propios: las telas en Casas Zogaib, los hilos y botones de Doña Lola Yunin, o aquel toque de distinción en lo de Luqueño Vega, entre hombreras y alpacas. Pero el hambre de la infancia se calmaba con lo sencillo y auténtico: una galleta de Don Rolón, un picolé de uva en el Urca Bar, o ese sabor inigualable de la hamburguesa del Chopão al salir del Cine Cruzeiro o de Cinelandia.
La fe y el deber también tenían su espacio. Una oración al paso en San José antes de enfrentar las filas eternas en el Bradesco, Itaú, Bamerindus o el Banco do Brasil. Y cuando la salud flaqueaba, la confianza estaba puesta en el Doctor Asturio y su receta de pastillas rojas para la garganta, o aquel viaje en el "circular" para visitar a alguien en el Hospital Santa Isabel.
La frontera era espectáculo y misterio. Era correr tras la sirena de los Bomberos, o asomarse al aeropuerto para ver el mundo desde lejos. Era el respeto casi sagrado a los "kapanga" de Don Fadher y la curiosidad por la gitana acampada cerca de Posada do Bosque, que siempre quería leerte el destino. Quién no recuerda al vendedor de ilusiones en la línea, con aquella víbora en la maleta que nos dejaba los ojos bien abiertos.
Y cuando llegaba la alegría, la ciudad explotaba. El Tennis Club, las noches de mironear en el Herman’s Club soñando con una entrada que no alcanzaba, o las fiestas en el Buracão y el Club Militar. Pero nada superaba al Carnaval: el Poeirinha de Pepe Portela, la guerra de globos de agua en la Avenida de la Paquera y el paso desprolijo y feliz del Bloco dos Sujos.
Crecimos ahí, entre el café de Pin Pong y las calles de arena. Estudiamos, corrimos y nos hicimos hombres bajo el sol de la frontera. Como tantos otros, guardamos esos nombres como un tesoro, porque en Ponta Porã, el pasado no se olvida... ¡Quieto! Que la memoria sigue viva.
Relatos de, Julio Cesar Jara Cabral
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