Pedro Juan Caballero - 5 de junio de 2026
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Estereotipos de la masculinidad del “macho paraguayo”

Publicado el 02/07/2023

Aunque la figura del “jefe de la casa” ya no es exclusiva como antes, pues muchas mujeres son cabezas de hogar por diferentes motivos, todavía prevalece el concepto del macho paraguayo, que, desde la óptica psicológica, se respalda en viejos estereotipos machistas. Entérese y opine.


Colocar a todos en una misma bolsa o hablar de mayorías sería faltar a la verdad, por carecer de estadísticas que hablen del número de personas con las mismas características o actitudes. No obstante, sí es posible describir comportamientos que identifican a muchos como el “macho paraguayo”.

Se trata del hombre que se siente superior a las mujeres y también a otros hombres que no “reúnen” los mismos requisitos o estereotipos machistas que él, para estar a su altura. Es una expresión que alude a un tipo de masculinidad hegemónica, que se caracteriza por el autoritarismo, la posesividad, el control, la agresividad y la falta de respeto hacia las mujeres.

Así lo analiza el psicólogo Osvaldo González, quien expone algunos de los motivos que hacen a esta teoría.

Ser el proveedor económico de la familia, incluso si fuera a costa de explotar a su pareja o de endeudarse hasta el cuello. Ser el jefe de la casa, aunque no sepa ni cocinar ni limpiar ni cuidar de sus hijos. Ser el dueño de la verdad, aunque no tenga ni idea de lo que habla ni respete las opiniones ajenas.

Ser el más fuerte, aunque sea a base de violencia física o verbal contra los que lo contradicen o lo desafían.

Ser el más viril, aunque tenga que recurrir a la infidelidad, al alcohol o a las drogas para demostrarlo. “El consumo de drogas, incluyendo el alcohol son parte de los rituales que se supone debe hacer un hombre para ser un buen macho”, añade González. Son conocidas las frases de que uno tiene que “tomar como macho”, un hombre debe saber tomar.  Estos rituales, según González, carecen de cualquier sentido racional. Muchos hombres, literalmente ahogan sus penas en el alcohol, es la forma que tienen de afrontar sus emociones. En nuestro país, el consumo abusivo del alcohol está muy normalizado.  Muchas familias sufren bajo el peso de contar con un padre o un hijo alcohólico.  Es un gran problema del que no se habla demasiado.

Ser el más divertido, aunque sea a costa de burlarse de los demás o de hacer chistes machistas y homofóbicos.

González describe a estos estereotipos como tan frágiles y tontos, que se desmoronan ante la mínima amenaza o crítica.

Entre las posibles “amenazas”, mencionó a la posibilidad de que una mujer sea más inteligente, exitosa o independiente que él.

Tampoco tolera que un hombre sea más sensible, más solidario o más respetuoso que él. Por eso reacciona con agresividad, con desprecio o con indiferencia ante cualquier signo de igualdad o diversidad.

Desde el punto de vista psicológico, el “macho paraguayo” no puede crecer como persona ya que se niega a reconocer sus errores, a pedir ayuda o cambiar de actitud, porque vive dentro de una burbuja de falsa seguridad y autoestima que lo aleja de la realidad.

En cuanto a las causas de este pensamiento, el psicólogo consideró que, este tipo de personas, se conforma con repetir los mismos patrones aprendidos de su abuelo, de su padre o de sus amigos.

Sobre el punto, consultamos de qué manera podría lograrse un cambio en esa persona, al tratarse de algo tan arraigado “Aunque no existe una solución única ni rápida, hay estrategias que podemos llevar a cabo como sociedad, que pueden contribuir al cambio en una persona que replica los patrones aprendidos de su entorno familiar y cultural”, comentó y citó algunas:

Visibilización de la problemática: En culturas como la nuestra, en la que la violencia machista está muy normalizada, el primer paso a dar es reconocer que tenemos este problema como sociedad. Para esto es necesaria una campaña de sensibilización social sobre el machismo y sus consecuencias negativas sobre todos. En esto es importante la inclusión y colaboración de diferentes instituciones, ya sean públicas o privadas para que esta sensibilización tenga un alcance real y más amplio.

Educación y concientización: es fundamental impartir, desde edades tempranas, educación en igualdad de género y promover la conciencia sobre la violencia de género y el machismo. Esto puede incluir programas escolares que enseñen habilidades de comunicación no violenta, resolución de conflictos y fomento de relaciones saludables y equitativas.

Escuela para padres: trabajar con los padres, ya que son ellos quienes más influyen en la educación de los niños y las niñas. Que los mismos también puedan cuestionar sus propios pensamientos y comportamientos machistas va a facilitar que también puedan impartir una crianza más igualitaria a sus hijos.

Espacios de reflexión: generar espacios seguros donde los hombres puedan reflexionar sobre sus actitudes y comportamientos puede ser transformador. Pueden ser grupos de apoyo, terapia individual o comunitaria, donde se fomenta la autorreflexión, se desafían los estereotipos y se exploran nuevas formas de ser hombre sin recurrir a la violencia.

hoy.com

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