Anselma Lugo López: El Monumento a la Honestidad y el "Arandu Kaaty"
esta es una hermosa y potente crónica de vida. La historia de doña Anselma Lugo López es el reflejo de la "Residenta" moderna: una mujer que, sin títulos académicos, dictó cátedra de dignidad, civismo y economía doméstica. A continuación, presento una redacción narrativa y pulida de su historia, ideal para ser comparti
En el panteón de los héroes anónimos de Pedro Juan Caballero, el nombre de Anselma Lugo López brilla con luz propia. Nacida en la tierra de San Pedro del Ycuamandiyú el 24 de abril de 1921, su vida fue un testimonio de la abnegación y la lealtad a los principios más puros de la paraguayidad.
De la tierra colorada a la frontera
Hija de la necesidad y el rigor, Anselma creció en la compañía Kurusú Luis, nombrada así en memoria de su padre, Luis López, quien cayó en una emboscada. Desde niña supo lo que era hundir los pies en la tierra: sembrando, carpiendo y cosechando bajo la mirada de su madre viuda.
Eran los tiempos de la Guerra del Chaco, días de carestía donde un par de zapatos era un tesoro familiar que se heredaba del hermano mayor al menor, reservado exclusivamente para la misa del domingo. Esa austeridad forjó su carácter de acero.
La huida y el renacer en la frontera
Tras un matrimonio en Brasil y el nacimiento de su único hijo, la valentía de Anselma se manifestó en una decisión radical: en 1945, escapó de su marido en Puerto Epitacio y regresó a su patria, buscando refugio en la frontera.
En Pedro Juan Caballero, Anselma se convirtió en un motor incansable. Se levantaba a la medianoche para cargar canastos de bananas sobre su cabeza y caminar 8 kilómetros diarios para llegar, a las 5 de la mañana, al Mercado Guasú de Ponta Porã. Su combustible era un solo sueño: la casa propia.
El ahorro en la lata de "Leche Nido"
Mientras otros gastaban, doña Anselma guardaba. Cada moneda de sus ventas iba a parar a una lata de leche Nido, su caja fuerte personal. Su honestidad era tal que la señora Laudelina Mendoza (apodada "Malacara 40") le vendió una propiedad céntrica de 20x50 metros basándose solo en su palabra de mujer trabajadora. Anselma no solo pagó la deuda en menos de un año, sino que se convirtió en una de las contribuyentes más ejemplares de la ciudad.
"Che ko che tavy, nda lei, nda screbiri, pero areko arandu kaaty" (Soy ignorante, no leo ni escribo, pero tengo sabiduría del campo), solía decir con orgullo.
Una ciudadana de ley
Para Anselma, el civismo no era negociable. Cada 2 de enero, a las 7 de la mañana, era la primera en la fila de la Municipalidad para pagar sus impuestos. Llevaba su comprobante como una medalla de honor. Ni la ceguera que la acompañó en sus últimos 10 años de vida, ni la falta de una pensión del gobierno, le impidieron cumplir con su deber de votar y estar al día con su comunidad.
La sabiduría del rancho propio
Anselma no permitía que nadie le faltara al respeto. Ante la soberbia de quienes tenían posesiones pero no hogar, ella sentenciaba:
"Mejor un rancho propio que un palacio ajeno... Usted tiene mucha mudanza, pero no tiene casa. Yo soy pobre, pero esta es mi casa y aquí mando yo".
Su casa era un ecosistema de vida: gallinas con nombre propio, palomas, su fiel perro barcino "Perrin" y la compañía de su segundo esposo, don Andrés Amarilla, quien la amó y cuidó en su ceguera hasta el final.
El último mensaje
Incluso el amor de madre fue estratégico. Tras 15 años de ausencia de su hijo, Anselma dictó una carta cargada de intuición: le habló de un sueño donde le sanaba una herida. El hijo, conmovido por el presagio, regresó a su lado en menos de 48 horas.
Doña Anselma partió en 2011 en Ponta Porã, tras haber vendido su propiedad para asegurar una vejez digna en Brasil junto a su marido. Se fue sin el sueldo de la tercera edad, pero con una riqueza que el dinero no compra: el respeto de toda una frontera.
Anselma Lugo López nos recordó que la educación nace en la cuna y que la verdadera libertad es caminar con la frente en alto, los impuestos al día y el título de propiedad de la propia dignidad bajo el brazo.
Crónica basada en los relatos de Julio César Jara Cabral, poeta paraguayo.
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